Como si adivinara los pensamientos de la anfitriona, Cecilia Tufts la elogió:

– ¡Levinia, qué postre tan exquisito! ¿Dónde encontraste a la cocinera?

– Ella me encontró a mí, hace catorce años, el día en que, con mucha inteligencia, me envió varias de sus tortas especiales con un mensajero. Desde entonces, está conmigo, pero últimamente amenaza con irse: ya tiene más de cincuenta. No sé qué haría sin ella.

– Entiendo a qué te refieres. Al parecer, en la actualidad cualquiera con el seso suficiente para distinguir su propio codo de una sopa de huesos se presenta como gobernanta, y es casi imposible encontrar buenas cocineras, capaces de…

– ¡Levinia!

Era Gideon, que interrumpía desde el otro extremo de la mesa. Las consonantes chasquearon como las velas al viento, y su boca estaba tan tensa como el nudo de la cuerda de bolina.

– ¿Puedo hablarte un momento?

El tono de voz del esposo sobresaltó a Levinia. Miró a través de los centros de mesa de rosas y vio que Gideon le manifestaba su desaprobación con cada parte del cuerpo. Sintió como si una cucharada de jarabe de albaricoque se le deslizara por la garganta por su propia voluntad, mientras se preguntaba, nerviosa, qué podría haber sucedido.

– ¿Ahora, Gideon?

– ¡Sí, ahora!

Gideon corrió la silla hacia atrás, mientras Levinia sentía que le subía la sangre al rostro, y se tocó la comisura de la boca con la servilleta.

– Discúlpenme -murmuró.

Se retiro de la mesa y siguió al esposo hacia el pasillo de los criados. ¡Nada menos que el pasillo de los criados, y bajo la mirada de sus mejores amigas! El pasillo angosto, sin ventanas, estaba apenas iluminado por un candelabro de pared de gas, y aún se percibía el débil olor de las coles de Bruselas hervidas que, por fortuna, no había escapado hacia el comedor antes de que se sirvieran esas verduras.



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