—¿Y cuando se gira en una esquina?

—Las velocidades son bajas, y la esquina no está precipitándose hacia ti a cien kilómetros por hora. Además, es probable que al girar en una esquina el conductor esté mirando también la acera por la ventanilla y compensando la desigualdad de un modo instintivo. Pero cuando vira para cruzar el otro sentido del tráfico sus ojos están fijos exclusivamente en el coche que se aproxima, el coche visible a través de su parabrisas, y sus ojos reciben una información errónea.

Leygraf se acarició el mentón.

—Supongo que todo esto puede aplicarse a la aviación.

—Exacto. En un vuelo en línea recta el retraso tendría poca importancia, y no olvides que el Aurora tenía el cielo a su disposición; pero un viraje aumenta el fenómeno.

—¿Cómo?

—Simple trigonometría. Si un piloto está en línea con el pico de una montaña a cien kilómetros de distancia e inicia una desviación de dos grados, el pico debería apartarse de su rumbo unos…, unos. Vamos, Carl, tú eres el matemático.

—Ah…, dos o tres kilómetros.

—Eso constituye para el piloto un indicador muy sensible para efectuar un viraje o prescindir de él. Y por supuesto, en la fase de nivelamiento del aterrizaje, con el avión a escasos metros del suelo y todavía volando a trescientos kilómetros por hora…

Leygraf pensó durante un momento.

—¿Sabes una cosa? Podrías tener algo fantástico en tus manos si continúas desarrollando este material ¿crees que podrías prolongar el retraso hasta el punto de que fuera obvio?

—Eso es lo que voy a averiguar —replicó Garrod.


—¿En esto has estado trabajando tantas semanas? —Esther Garrod contempló dubitativa el rectángulo de vidrio que cubría la mano derecha de su marido—. Parece un vulgar trozo de vidrio.



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