—Pero no lo es. —Garrod se deleitó infantilmente en prolongar el momento—. Se trata de… vidrio lento.

Intentó identificar la expresión del rostro nítido y diamantino de su esposa, negándose a aceptar que fuera de hostilidad.

—Vidrio lento. Ojalá comprendiera lo que te ha ocurrido, Alban. Dijiste por teléfono que me traías un trozo de cristal con un grosor de tres millones de kilómetros.

—Este cristal tiene tres millones de kilómetros de espesor…, por lo que atañe a un rayo luminoso. —Garrod se dio cuenta de que estaba empleando el enfoque incorrecto, pero no sabía decidir cómo cambiar su curso—. Para explicarlo de otro modo, este trozo de vidrio tiene un espesor de casi once segundos-luz.

Los labios de Esther se movieron en silencio y la mujer se apartó hacia la ventana, tras la cual relucía una solitaria haya, igual que una hoguera bajo el sol del atardecer.

—Mira, Esther —dijo Garrod de un modo apremiante.

Sostuvo firmemente el rectángulo cristalino con su mano izquierda y con gran rapidez apartó la mano derecha que había estado debajo del vidrio. Esther miró la mano y chilló al ver que había otra mano derecha encerrada en el cristal.

—Lo siento —se excusó débilmente Garrod—. Ha sido una tontería. Había olvidado la sensación de la primera vez.

Esther contempló el vidrio hasta que la mano que contenía, una mano que se movía con vida propia, se desplazó violentamente a un lado y dejó de existir.

—¿Qué has hecho?

—Nada, cariño. Sostuve la mano detrás del vidrio hasta que su imagen, la luz reflejada por la mano, lo atravesó. Se trata de un tipo especial de vidrio que la luz tarda once segundos en recorrer, de forma que la imagen ha sido visible once segundos después de que mi mano se había retirado. No tiene nada de espantoso.



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