
Garrod logró conservar la calma, debido a que su esposa estaba actuando como portavoz de su propio enojo.
—Claro que lo he visto.
—Si no hubieras disminuido la velocidad hace un momento, ese estúpido se nos habría echado encima… —Esther hizo una pausa y volvió la mirada hacia su marido, mientras el pensamiento surgía en su mente—. ¿Por qué ibas más despacio, Alban? Ha sido casi como si supieras que esto iba a ocurrir.
—He aprendido a no confiar en tipos con coches deportivos, eso es todo.
Garrod se echó a reír tranquilamente, pero la pregunta de su esposa le había inquietado más que si no se hubiera hecho un comentario verbal ¿Qué le había impulsado a reducir la velocidad precisamente entonces? El tenía derecho, hasta cierto punto, a estar interesado de forma especial en el Stiletto último modelo: se trataba del primer automóvil producido en serie equipado con un parabrisas Thermgard fabricado en su factoría. Pero eso no explicaba las oleadas de hielo en su subconsciente, la sensación de haber contemplado algo horrible y haber borrado el recuerdo.
—Sabía que debíamos haber ido en el avión oficial —dijo Esther.
—También querías hacer unas cortas vacaciones con el viaje.
—Lo sé, pero no esperaba que…
—Ahí está el aeropuerto —interrumpió Garrod, al tiempo que una alta alambrada aparecía a su izquierda—. Hemos llegado pronto.
Esther asintió de mala gana y se puso a contemplar las balizas y señales auxiliares de la pista, que se habían hecho visibles más allá de la oscilante mancha de los postes de la valla. Era su segundo aniversario de boda, y Garrod tenía la molesta sospecha de que su esposa lamentaba que le arrebataran una gran parte del día por un compromiso de negocios. Pero él no podía hacer nada al respecto… aunque el dinero de la familia de Esther hubiera salvado de la ruina a la organización Garrod.
