Los Estados Unidos habían entrado desastrosamente tarde en el campo del transporte supersónico (TSS) civil, pero el Aurora Mach 4 no tardaría en ser puesto en servicio —justo en un momento en que los TSS de otras naciones empezaban a mostrar su edad—, y él, Alban Garrod, había contribuido a ello. Era incapaz de explicar con exactitud por qué le era tan importante estar presente en el primer vuelo público del Aurora, pero sabía que nada le impediría ver al águila de titanio levantando el vuelo y abriéndose camino en lo alto con los ojos que él le había dado.

Al cabo de cinco minutos estuvieron en la puerta principal del aeropuerto de la Sociedad de Constructores de Aeronaves (SCA). Un vigilante, vestido con un uniforme de color blanco tostado, igual que la harina de avena, les saludó y les indicó por señas que entraran, después de ver la invitación de concesionario de Garrod. Avanzaron lentamente por el atestado recinto de la administración. Indicadores de dirección brillantemente pintados relucían con el sol de la mañana, creando un ambiente de feria. Garrod vio chicas rubias de esbeltas piernas por todas partes, todas con los uniformes de las líneas aéreas que habían pasado pedidos adelantados del Aurora.

Esther apoyó una posesiva mano en el muslo de Garrod.

—Encantadoras, ¿no? Empiezo a comprender por qué estabas tan resuelto a venir aquí.

—No habría venido sin ti —mintió Garrod.

Estrechó la rodilla de Esther para dar más fuerza a sus palabras, y notó la repentina rigidez de los músculos de su mujer.

—¡Mira, Alban, mira! —La voz de Esther era agudísima—. Ese debe de ser el Aurora. Por qué no me dijiste que era tan hermoso?

Garrod experimentó una punzada de placer indirecto al avistar aquella forma plateada, un organismo matemático, sensible, futurista y prehistórico al mismo tiempo. No esperaba que Esther apreciara el Aurora, y sus ojos le escocieron en señal de agradecimiento.



3 из 165