Un ocasional destello del sol de la tarde sobre el arrostramiento de las estructuras creó una ilusión de movimiento, pero en realidad los armazones estaban desamparados. Las hileras de ventanas habían estado durante años en la falda de la montaña, mirando fijamente al valle, y los hombres sólo las limpiaban en plena noche, cuando su humana presencia no importaba al sediento cristal.

Eran fascinantes, pero Selina y yo no mencionamos las ventanas. Creo que nos odiábamos tanto que ninguno de los dos tenía ganas de ensuciar algo nuevo al introducirlo en el nexo de nuestras emociones. Había empezado a comprender que las vacaciones eran ante todo una idea estúpida. Yo había pensado que lo curarían todo pero, por supuesto, no impedían que Selina estuviese embarazada y, peor todavía, ni siquiera evitaban que ella estuviera enfadada por culpa de su embarazo.

Al racionalizar nuestra consternación por su estado, habíamos propalado las frases usuales en el sentido de que sí que deseábamos tener hijos, pero más tarde, en el momento adecuado. El embarazo de Selina nos había costado su bien remunerado empleo y, con él, la nueva casa que estábamos negociando y que superaba con creces el alcance de mis ingresos como poeta. Sin embargo, la fuente real de nuestro disgusto era que nos hallábamos cara a cara con la comprensión de que la gente que dice querer hijos más tarde siempre se refiere a que nos los desean nunca. Nuestros nervios estaban vibrando con el conocimiento de que nosotros, que nos habíamos creído tan únicos, habíamos caído en la misma trampa biológica que cualquier descuidada criatura en celo.

La carretera nos llevó por las laderas meridionales de Ben Cruachan hasta que empezamos a vislumbrar el distante y grisáceo Atlántico. Yo acababa de reducir la velocidad para absorber mejor el paisaje cuando reparé en el letrero clavado en el pilar de un portillo. Decía «VIDRIO LENTO. Alta calidad, bajos precios. J. R. Hagan». Llevado por un impulso, detuve el coche al borde de la carretera, sobresaltándome un poco al oír los matorrales que fustigaban ruidosamente la carrocería.



23 из 165