—No estoy sorprendida por eso. —Esther, siempre experta en la lucha cuerpo a cuerpo, cambió de táctica inmediatamente—. No entiendo cómo te las has arreglado para conseguir cinco millones con un material para parabrisas que es inútil para parabrisas, pero lo has logrado usando el dinero de papá como trampolín; no olvides que él te permitió disponer de un préstamo no garantizado con unos intereses mínimos. Un caballero le habría ofrecido la oportunidad…

—¿De comprar algo sólido? Lo siento, Esther. Thermgard me pertenece. A mí solo.

—No llegarás a ninguna parte con eso —predijo ella—. Perderás hasta el último centavo.

—¿Eso piensas?

Garrod se acercó a la ventana, apoyó en ella el cristal rectangular y después se retiró a grandes zancadas hacia la parte más oscura de la habitación. Cuando se volvió para mirar a Esther, ésta dio un paso atrás y se cubrió los ojos. En sus manos, centelleando con aquella magnificencia oro y rojo, Garrod sostenía el sol poniente.

PRIMERA LUZ SECUNDARIA:

Luz de otros días

Tras dejar el pueblo atrás, seguimos las peligrosas curvas de la carretera hacia un territorio de vidrio lento.

Yo no había visto nunca una de las granjas, y al principio las encontré ligeramente misteriosas, un efecto reforzado por la imaginación y las circunstancias. La turbina del coche giraba suave y silenciosamente en el húmedo ambiente, de manera que parecía que nos estaban transportando sobre los repliegues de la carretera en una especie de silencio sobrenatural. A nuestra derecha, la montaña se cernía sobre un perfecto valle de intemporales pinares, y por todas partes se alzaban las grandes estructuras de vidrio lento, bebiendo luz.



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