
Y ahora, con la incorporación de las camisas de cuadros del grunge y la ropa interior térmica, es difícil encontrar algo lo bastante feo para que no esté de moda. Pero el doctor O'Reilly lo había conseguido.
Llevaba el pelo demasiado largo y los pantalones demasiado cortos, pero era más que eso. El batería de una de las bandas de garaje llevaba en escena trenzas y zapatillas de ciclista, y parecía ir a la última. Y no era por las gafas, tampoco. Miren a Elton John. Miren a Buddy Holly.
Era algo más, algo que me había estado mortificando toda la tarde. Tal vez, me convenía regresar a Biología y preguntarle si podía estudiarlo. Tal vez, si le seguía mientras enseñaba a sus monos a bailar el hula-hoop o lo que fuera a hacer, podría averiguar cómo se las arreglaba para eludir toda moda. Y estudiando la no-tendencia, quizás encontrara alguna pista de la tendencia. O tal vez era mejor que me fuera a casa, planchara mis recortes y tratara de comprender por qué de pronto dos millones de mujeres empuñaron sus tijeras al unísono y acabaron con los rizos del Pequeño Lord Fauntleroy.
No hice nada de eso, sino que llegué a casa y me puse a leer a Browning. Leí El flautista de Hamelín, un poema que, curiosamente, trataba sobre la moda, y empecé Pippa Pasa: un largo poema sobre una chica italiana de una fábrica de Asoló que sólo tenía un día libre al año (seguramente trabajaba para la HiTek italiana) y se lo pasaba deambulando ante las ventanas y cantando, entre otras cosas: «La alondra está en el alero,/el caracol en la espina» e inspirando a todo el mundo que la escuchaba.
Deseé que apareciera ante mi ventana y me inspirara, pero no parecía probable. La inspiración iba a tener que venir, como suele hacerlo, en el campo de la ciencia, tras alisar todos aquellos recortes y suministrar los datos al ordenador: experimentando, fracasando y volviéndolo a intentar. Me equivocaba. La inspiración ya había llegado. Simplemente, aún no lo sabía.
