—No sabía que venía usted aquí —dijo Flip, poniendo los ojos en blanco.

—Yo tampoco sabía que venías tú —dije. «Y ahora nunca volveré a venir», pensé. «Sobre todo porque ya no sirven té helado.»

—Los contactos, ¿en? —dijo ella, girando el cuello para ver qué había marcado—. Están bien, supongo, si está desesperada.

Lo estoy, pensé, preguntándome angustiada si ella se habría detenido al entrar para vaciar la papelera y si yo había cerrado el coche con llave.

—Yo no necesito ayudas artificiales. Tengo a Brine —dijo, señalando a un tipo con la cabeza afeitada, botas con correajes y aros en la nariz, cejas y labio inferior; pero yo no le miraba: estaba mirando el brazo extendido de Flip, que tenía tres anchos brazaletes grises en la muñeca, a mitad del antebrazo y por debajo del codo. Cinta adhesiva.

Lo que explicaba su observación de que lo de aquella tarde era un encargo personal. «Si ésta es la última moda —pensé—, dimito.»

—Tengo que irme —dije, recogiendo mis periódicos y el bolso, y buscando frenéticamente al camarero, a quien no pude encontrar porque iba vestido como todo el mundo. Dejé sobre la mesa un billete de veinte y prácticamente corrí hacia la salida.

—No me aprecia para nada —oí que Flip le decía a Brine mientras yo huía—. Al menos podría haberme dado las gracias por limpiarle la oficina.

Había cerrado mi coche, y, de vuelta a casa, empecé a sentirme casi alegre por los brazaletes de cinta adhesiva. Después de todo, Flip tendría que quitárselos. También pensé en Brine y en Billy Ray, que lleva Stetson y vaqueros ceñidos y un busca; y en el logro que era la falta de moda definida en el doctor O'Reilly.

Casi todo lo que llevan hoy en día los hombres pertenece a alguna moda definida: chaquetas anchas, mallas de ciclista, trajes, vaqueros demasiado grandes, camisetas demasiado pequeñas, zapatos de tacón, botas de caña, calcetines de ejecutivo.



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