
No hubo respuesta.
Mary Agnes dio un paso, vacilando. Tenía las manos heladas, los dedos rígidos, pero se obligó a tender el brazo. Tocó el borde de la cama.
– ¿Señorita? -la tercera llamada no obtuvo más respuesta que las anteriores.
Sus dedos, como con voluntad propia, se cerraron sobre el edredón y empezaron a apartarlo de la figura que había debajo. La manta, humedecida con ese frío que cala hasta los huesos, producto de las violentas tormentas invernales, se resistió, y luego cayó al suelo. Y entonces Mary Agnes vio que el horror poseía vida propia.
La mujer yacía sobre su costado derecho como congelada; su boca era un rictus en medio del charco de sangre que rodeaba su cabeza y hombros. Tenía un brazo extendido, con la palma de la mano hacia arriba, como si suplicara. El otro estaba encajado entre sus piernas, como si buscara calor. Su largo cabello negro era omnipresente. Se desparramaba sobre la almohada como las alas de un cuervo, se enroscaba alrededor de su brazo, absorbía su sangre hasta convertirse en una masa pulposa. Ya había comenzado a coagularse, y los glóbulos carmesíes ribeteados de negro parecían burbujas petrificadas de una poción infernal. Y la mujer se hallaba inmovilizada en el centro del cuadro, como un insecto en su vitrina, empalada por la daga de mango de cuerno que atravesaba el lado izquierdo de su cuello hasta clavarse en el colchón.
Capítulo 2
El inspector Thomas Lynley recibió el mensaje poco antes de las diez de aquella mañana. Había ido a Castle Sennen Farm para echar una ojeada al nuevo ganado, y regresaba en el Land Rover de la finca, cuando su hermano salió a su encuentro, llamándole a gritos desde el caballo bayo que montaba, y cuyo aliento se transformaba en vapor al salir de las amplias fosas nasales. Hacía mucho frío, mucho más de lo normal en Cornualles incluso en esta época del año, y los ojos de Lynley se entornaron a la defensiva cuando bajó la ventanilla del Rover.
