
– Tienes un mensaje de Londres -chilló Peter Lynley, sujetando las riendas expectante. La yegua sacudió la cabeza, acercándose de forma deliberada al muro de piedra que servía de frontera entre el campo y la carretera-. El superintendente Webberly. No sé qué sobre el Departamento de Investigación Criminal de Strathclyde. Quiere que le telefonees en cuanto puedas.
– ¿Eso es todo?
La yegua describió un círculo, como si intentara desembarazarse del peso que la agobiaba, y Peter reaccionó ante el desafío a su autoridad con una carcajada. Forcejearon unos instantes, cada uno decidido a dominar al otro, pero Peter controlaba las riendas con una mano que sabía instintivamente refrenar al caballo sin humillarlo. La fustigó para que diera la vuelta en el campo de rastrojos, como si ambos se hubieran puesto de acuerdo previamente para dar la vuelta, y adelantó el pecho hacia el muro coronado de escarcha.
– Hodge cogió la llamada -sonrió Peter-. Ya sabes el rollo «Scotland Yard llama a su señoría. ¿Voy yo o va usted?» -rezumaba desaprobación por todos los poros de su cuerpo mientras hablaba.
– Aquí no ha cambiado nada -fue la respuesta de Lynley. El viejo mayordomo, que llevaba treinta años al servicio de la familia, se había negado a condescender durante los últimos doce con lo que él llamaba «el capricho de su señoría», como si en el momento menos pensado Lynley fuera a recobrar la razón, ver la luz y empezar a vivir de acuerdo con su posición, tal como Hodge esperaba con todas sus fuerzas… en Cornualles, en Howenstow, lo más lejos posible de New Scotland Yard-. ¿Qué le dijo Hodge?
– Que estabas ocupado recibiendo agasajos de tus inquilinos, lo más seguro. Ya sabes, «Su señoría está recorriendo las tierras en este momento» -Peter imitó a la perfección el tono fúnebre del mayordomo. Ambos hermanos lanzaron una carcajada-. ¿Quieres volver a caballo? Irás más deprisa que en el Rover.
