
– No, gracias. Me temo que le he cogido mucho apego a mi cuello.
Lynley puso el vehículo en marcha con estrépito. La yegua, asustada, reculó y saltó a un lado, sin hacer caso de bocado, riendas ni talones en su deseo de alejarse. Los cascos golpearon contra las rocas, y el relincho se transformó en un chillido de miedo. Lynley no dijo nada al ver que su hermano luchaba con el animal, sabiendo que era inútil rogarle que tuviera cuidado. Lo que más atraía a Peter de los caballos era la inminencia del peligro y la posibilidad de romperse un hueso al ejecutar un falso movimiento.
Como era de esperar, Peter echó la cabeza hacia atrás, ebrio de alegría. Había venido sin sombrero, y su cabello, pegado al cráneo como una gorra dorada, brillaba a la luz del sol invernal. Sus manos estaban curtidas por el trabajo, y su piel conservaba el bronceado incluso en invierno, tostada por los meses que pasaba trabajando bajo el sol del suroeste. Al mirarle, Lynley experimentó la sensación de que, en lugar de diez años, era varias décadas mayor que su hermano.
– ¡Ánimo, Saffron! -gritó Peter. Espoleó a la yegua lejos del muro y, despidiéndose con la mano, se alejó por el campo a todo galope. Llegaría a Howenstow mucho antes que su hermano.
Cuando caballo y jinete desaparecieron entre un grupo de sicómoros, al otro extremo del campo, Lynley hundió el pie en el acelerador, maldijo exasperado cuando no le entró la marcha y avanzó a trompicones por el estrecho sendero.
Lynley llamó a Londres desde el pequeño gabinete contiguo al salón. Era su santuario personal, construido sobre el porche de la casa familiar y amueblado a principios de siglo por su abuelo, un hombre que sabía muy bien cómo hacer la vida soportable. Un escritorio de caoba más pequeño de lo normal estaba situado entre dos estrechas ventanas. Las estanterías sostenían una serie de libros humorísticos y varias décadas encuadernadas de Punch. Un reloj de bronce dorado hacía tictac sobre la repisa de la chimenea, cerca de la cual había una acogedora butaca para leer. Siempre había sido un lugar reconfortante al final de un día agotador.
