
– Lo sé, lo sé -respondió Webberly con brusquedad-. Pero no había otro remedio. Ya lo arreglaremos cuando todo haya acabado.
– ¿El qué?
– Un lío de mil demonios. -la voz de Webberly se alejó cuando alguien se puso a hablar en su oficina de Londres, concisamente y desde una distancia considerable.
Lynley reconoció al retumbante barítono. Era sir David Hillier, el inspector jefe. Algo grave había sucedido. Mientras escuchaba, esforzándose en captar las palabras de Hillier, los dos hombres debieron de llegar a una decisión, porque Webberly le habló en un tono más confidencial, como si la línea estuviera intervenida y temiera que alguien le escuchara.
– Como ya le he dicho, se trata de una situación difícil. Stuart Rintoul, lord Stinhurst, está mezclado. ¿Le conoce?
– Stinhurst. ¿El productor?
– El mismo. El Midas de los escenarios.
El epíteto hizo sonreír a Lynley. Muy apropiado. Lord Stinhurst había alcanzado su reputación en el teatro londinense a base de financiar un espectáculo triunfal tras otro. Además de ser un hombre con un gran olfato para los gustos del público, y predispuesto a correr enormes riesgos con su dinero, poseía una habilidad singular para reconocer nuevos talentos y seleccionar obras premiadas entre las bazofias que aterrizaban cada día en su escritorio. Su último desafío, como sabía cualquiera que leyera el Times, había sido la adquisición y renovación del abandonado teatro Agincourt de Londres, proyecto en el que lord Stinhurst había invertido más de un millón de libras. El nuevo Agincourt se inauguraría dentro de dos meses, y su éxito estaba asegurado. Teniendo en cuenta lo poco que faltaba, a Lynley le pareció inconcebible que Stinhurst se hubiera marchado de Londres, aunque sólo fuera para tomarse unas cortas vacaciones. Era un perfeccionista obsesivo, un hombre entrado en los setenta y que no descansaba desde hacía años. Eso formaba parte de su leyenda. Por tanto, ¿qué estaba haciendo en Escocia?
