Webberly prosiguió, como respondiendo a las preguntas no formuladas de Lynley.

– En apariencia, Stinhurst llevó al grupo allí para trabajar en una obra que pretendía triunfar por todo lo alto en la ciudad cuando el Agincourt abriera sus puertas. Hay un periodista con ellos, un tipo del Times. Creo que es un crítico de teatro. Según parece, ha estado informando sobre el asunto del Agincourt día a día, pero, por lo que me han dicho esta mañana, en estos momentos daría cualquier cosa por hacerse con un teléfono antes de que lleguemos allí y le amordacemos.

– ¿Por qué? -preguntó Lynley, sabiendo que Webberly se había reservado lo más jugoso para el final.

– Porque Joanna Ellacourt y Robert Gabriel van a ser las estrellas de la nueva producción de lord Stinhurst. Y también están en Escocia.

Lynley no pudo reprimir un suave silbido de sorpresa. Joanna Ellacourt y Robert Gabriel. La crema del teatro, los dos actores más solicitados del país en la actualidad. Durante sus años de asociación, Ellacourt y Gabriel habían electrizado los escenarios interpretando desde Shakespeare a Stoppard, pasando por O'Neill. Aunque trabajaban con igual frecuencia juntos que separados, la magia sólo se producía cuando salían a escena como pareja. Y, después, los calificativos de los periódicos siempre eran los mismos, química, ingenio, altísima tensión sexual que hasta el público advertía. Lynley recordó que su encuentro más reciente había sido en Ótelo, una producción de Haymarket que había atraído a muchedumbres durante meses antes de finalizar tres semanas atrás.

– ¿A quién han asesinado? -preguntó Lynley.

– A la autora de la nueva obra. Una chica prometedora, sin duda. Se llamaba… -se oyó un roce de papeles- Joy Sinclair. -Webberly emitió un sonido gutural, preludio habitual a una mala noticia-. Me temo que movieron el cuerpo.



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