El trabajo de Gowan poseía todo el atractivo derivado de su posición en la jerarquía del hotel, es decir, virtualmente ninguno. Era un factótum, un hombre para todas las estaciones y fatigas, ya fuera trabajando las tierras de la extensa finca, barriendo los suelos, pintando las paredes, reparando la vieja caldera dos veces por semana, o aplicando papel pintado nuevo para adecentar las habitaciones de los futuros huéspedes. Una experiencia humillante para un chico que siempre se había considerado el nuevo James Bond. Tan sólo la deliciosa presencia de Mary Agnes Campbell, venida a la finca para ayudar a poner la casa en orden antes de recibir a los primeros clientes, mitigaba las penurias de la vida en Westerbrae.

Transcurrido apenas un mes de trabajo al lado de Mary Agnes, levantarse por la mañana ya no era un fastidio, pues cuanto antes salía disparado de su habitación, antes tenía Gowan oportunidad de verla, de hablar con ella, de captar su perfume embriagador cuando pasaba junto a él. De hecho, en sólo tres meses todos sus sueños anteriores de beber martinis con vodka (agitados, no revueltos) y mostrar una marcada preferencia por las pistolas italianas de culata delgada se habían desvanecido por completo, reemplazados por la esperanza de ser recompensado con una luminosa sonrisa de Mary Agnes, con la visión de sus bonitas piernas, con la esperanza atormentadora, exasperante y adolescente de acariciar la turgencia de sus adorables pechos en cualquier pasillo.

Todo ello había parecido muy posible, incluso muy razonable, hasta la llegada a Westerbrae de los primeros y auténticos huéspedes: un grupo de actores de Londres que había acudido el día anterior con su productor, su director y una pléyade de acompañantes para poner a punto su nueva producción. Combinada con lo que Gowan había descubierto por la mañana en la biblioteca, la presencia de estas luminarias londinenses alejaba progresivamente su sueño de felicidad con Mary Agnes. Por eso, cuando sacó la arrugada hoja de papel con el membrete de Westerbrae de la papelera de la biblioteca, fue en busca de Mary Agnes y la encontró sola en la cavernosa cocina, agrupando las bandejas en que subiría el té de la mañana a las habitaciones.



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