
La cocina se había convertido desde hacía tiempo en el refugio favorito de Gowan, sobre todo porque, al contrario del resto de la casa, no había sido invadida, modificada o estropeada. No había necesidad de adecuarla a los gustos y predilecciones de los futuros huéspedes. No se les ocurriría bajar para probar una salchicha o hablar sobre el punto exacto de la carne.
De modo que habían dejado la cocina en paz, tal como Gowan la recordaba de su infancia. El viejo suelo de baldosas rojo mate y crema oscuro todavía parecía un enorme tablero de damas. Hileras de resplandecientes sartenes pendían de espeteras de roble adosadas a una pared; los utensilios de hierro parecían sombras borrosas que resbalaban sobre la agrietada superficie de cerámica. Un cuádruple escurreplatos de pino sostenía los platos utilizados habitualmente en la casa. Debajo, un tendedero triangular vacilaba bajo el peso de trapos de cocina. Los antepechos de las ventanas estaban ocupados por jardineras de barro, en las que crecían extrañas plantas tropicales de grandes hojas palmeadas (plantas que, lógicamente, tendrían que haberse agostado bajo las gélidas adversidades de un invierno escocés, pero que, contra todo pronóstico, medraban al calor de la estancia).
Sin embargo, en aquel momento no hacía calor. Cuando Gowan entró eran casi las siete, y la enorme estufa apoyada contra una pared aún no había derrotado al frío aire de la mañana. Una gran olla humeaba sobre uno de los quemadores. A través de las ventanas de travesaños. Gowan comprobó que la fuerte nevada de la noche había esculpido suavemente los prados que descendían ondulantes hacia el Loch Achiemore. En otra ocasión habría admirado el espectáculo, pero ahora la justa indignación le impedía ver otra cosa que no fuera la sílfide de piel inmaculada que se hallaba de pie ante la mesa situada en el centro de la cocina, cubriendo las bandejas con manteles de lino.
