
– ¿Nadie más? -preguntó Lynley.
Macaskin contempló el plano con aire pensativo, recorriendo con los ojos el pasillo noroeste inferior. Formaba parte de un cuadrilátero, tal vez una ampliación del edificio primitivo, y nacía en el gran vestíbulo, no lejos de la escalera. Señaló con el dedo la primera habitación del pasillo.
– Aquí duerme Gowan Kilbride -dijo-. Una especie de criado para todo. Podría haberse apoderado de las llaves de haber sabido dónde estaban.
– ¿Lo sabía?
– Es posible. Creo que las tareas de Gowan no le obligan a trabajar en las plantas superiores de la casa, de modo que no necesita las llaves maestras, pero podría conocer su paradero si Mary Agnes le hubiera dicho dónde encontrarlas.
– ¿Es posible que lo haya hecho?
– Quizá -Macaskin se encogió de hombros-. Son adolescentes, ¿no? Los adolescentes intentan a veces impresionarse mutuamente con toda clase de tonterías, particularmente si existe una atracción entre ellos.
– ¿Dijo Mary Agnes si esta mañana las llaves estaban en su sitio habitual? ¿Las habían tocado?
– En apariencia no, pues el escritorio estaba cerrado con llave como de costumbre, pero tampoco es probable que la chica hubiera reparado en el detalle. Abrió el escritorio y buscó las llaves en el cajón. No sabe si estaban en el lugar exacto donde las dejó, porque la última vez que las guardó en el escritorio se limitó a tirarlas dentro.
Lynley se quedó maravillado de la cantidad de información reunida por Macaskin en el escaso tiempo que había pasado en la casa. Su respeto por el hombre aumentó.
– Toda esa gente se conocía de antes, ¿no? En tal caso, ¿por qué estaba cerrada con llave la puerta de Joy Sinclair?
– Anoche se armó un cirio -apuntó Lonan desde su silla de la esquina.
– ¿Una discusión? ¿Sobre qué?
