– Colinda con la habitación de la víctima -contestó Macaskin.

– Menuda suerte -sonrió St. James-. Alojar a nuestra Helen justo al lado de un asesinato. Queremos hablar con ella enseguida.

Macaskin frunció el entrecejo y se inclinó hacia adelante, interponiéndose entre los dos hombres para llamar su atención con una intrusión física antes de proseguir con una verbal.

– Inspector, acerca de lady Helen Clyde… -algo en su voz interrumpió la conversación entre los dos hombres. Se miraron con preocupación mientras Macaskin añadía, sombrío-. Acerca de su habitación…

– ¿Cuál es el problema?

– Parece que fue el medio de acceso.

Lynley intentaba comprender todavía qué estaba haciendo Helen con un grupo de actores en Escocia cuando el inspector Macaskin les comunicó la nueva información.

– ¿Qué le hace pensar esto? -preguntó por fin, aunque su mente estaba centrada en su última conversación con Helen, sostenida menos de una semana atrás en su biblioteca de Londres. Llevaba el más adorable vestido de lana color jade, había probado su nuevo jerez español (riendo y charlando con su habitual alegría) y se había marchado a toda prisa para ir a cenar con alguien. «¿Quién?», se preguntó ahora. Ella no se lo había dicho. El no se lo había preguntado.

Se dio cuenta de que Macaskin le observaba como un hombre que tenía cosas en la cabeza y esperaba la oportunidad apropiada para sacarlas fuera.

– Porque la habitación de la víctima que da al pasillo estaba cerrada con llave -le replicó Macaskin-. Cuando Mary Agnes intentó despertarla sin éxito esta mañana, tuvo que utilizar la llave maestra…

– ¿Dónde las guardan?

– En la oficina. -Macaskin señaló el plano-. Planta baja, ala noroeste. Abrió la puerta y encontró el cadáver.

– ¿Quién tiene acceso a las llaves maestras? ¿Hay otro juego?

– Sólo existe un juego, que maneja únicamente Francesca Gerrard y la chica, Mary Agnes. Estaban cerradas bajo llave en el último cajón del escritorio de la señora Gerrard. Sólo ella y la Campbell tienen la llave que lo abre.



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