
Hasta ahí todo bien, mientras lo inalcanzable continuara siendo inalcanzable. Pero ahora, con la casa llena de actores de Londres, Gowan sabía muy bien que Mary Agnes empezaba a ver a Jeremy Irons al alcance de su mano. No cabía duda de que alguna de estas personas le conocería, se lo presentaría, y la naturaleza seguiría su curso… El papel que sostenía Gowan en la mano reforzaba esta creencia, una clara indicación de las esperanzas que Mary Agnes depositaba en el futuro.
– ¿Qué es eso? -repitió él con incredulidad-. ¡Se te ha caído en la biblioteca, eso es lo que es!
Mary Agnes se lo arrebató de la mano y lo guardó en el bolsillo del delantal.
– Gracias por devolvérmelo, mozo -replicó.
La tranquilidad de Mary Agnes le enfureció.
– ¿No piensas darme ninguna explicación?
– Estaba practicando, Gowan.
– ¿Practicando? -el fuego acumulado en su interior hacía hervir su sangre-. ¿Y de qué te va a servir «Jeremy Irons» para lo que estabas practicando? En todo el maldito papel. ¡Es un hombre casado!
– ¿Casado? -el rostro de Mary Agnes palideció.
Colocó los platillos unos sobre otros. La porcelana chirrió de forma desagradable.
Gowan se arrepintió al instante de sus impulsivas palabras. No tenía ni idea de si Jeremy Irons estaba casado, pero se sentía desesperado al pensar que Mary Agnes soñaba por las noches con el actor, acostada en su cama, mientras en la habitación de al lado Gowan anhelaba fervientemente besarla en los labios. Era execrable. Era injusto. Lo pagaría caro.
Pero cuando vio temblar sus labios se reprendió por su estupidez. Si no iba con cuidado, acabaría odiándole a él, no a Jeremy Irons. Y no lo podría soportar.
