– Bueno, Mary, no sé si está casado -admitió Gowan.

Mary Agnes suspiró, reunió la vajilla y volvió a la cocina. Gowan la siguió como un perrito faldero. La joven alineó las teteras sobre las bandejas, vertió té en cada una, estiró los paños de lino y dispuso los cubiertos de plata sin dejar de moverse, ignorándole de forma deliberada. Gowan, anonadado, cavilaba qué decir para congraciarse de nuevo con ella. Observó cómo se inclinaba para colocar la leche y el azúcar. Sus generosos senos tensaban el suave vestido de lana.

– ¿Te he contado que remé hasta Tomb's Isle? -graznó.

No era un tema de conversación precisamente estimulante. Tomb's Isle era un túmulo de tierra salpicado de árboles que se erguía a unos cuatrocientos metros en el interior de Loch Achiemore. Rematado por un curioso edificio que, desde lejos, parecía una extravagancia victoriana, era el lugar donde reposaba Phillip Gerrard, el marido recientemente fallecido de la actual propietaria de Westerbrae. Remar hasta allí no constituía una proeza atlética para un chico como Gowan, acostumbrado al trabajo pesado.

Tampoco iba a impresionar a Mary Agnes, que tal vez lo había hecho también, así que buscó una manera de interesarla más en la historia.

– ¿Sabes lo de la isla, Mary?

Mary Agnes se encogió de hombros, colocando las tazas sobre los platillos. Sin embargo, sus ojos se desviaron hacia él un instante, enardeciéndole bastante para dotar de elocuencia a su relato.

– ¿No te has enterado? Caramba, Mary, todos los del pueblo saben que cuando hay luna llena la señora Francesca Gerrard sale casi desnuda a la ventana de su cuarto y suplica al señor Phillip que vuelva con ella. Desde Tomb's Isle, donde está enterrado.

Eso consiguió atraer la atención de Mary Agnes. Dejó de trajinar con las bandejas, se apoyó contra la mesa, cruzó los brazos y se dispuso a escuchar.

– No me creo ni una palabra -le advirtió, pero su tono sugería todo lo contrario, y no se molestó en disimular una sonrisa traviesa.



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