– ¿Y qué ha pasado con su coche? -le preguntó ella, intentando que no le temblase la voz.

– Mañana me lo tienen arreglado -él miró el reloj de la pared-. Son las siete y media. ¿A qué hora se supone que llegaba su novio?

– Alrededor de esta hora -contestó ella. Pero Dan debía de haber llegado a las siete-. Está muy ocupado.

– Yo también. Pero si tengo una cita con una dama, soy puntual.

– En realidad, he llegado temprano. No lo espero hasta las siete y media -dijo ella, desafiante.

– Si usted lo dice -sus ojos oscuros le advirtieron que no lo había engañado.

– ¿Qué ha pensado de Philip Hale? -preguntó ella, para cambiar de tema.

– Es como usted dijo. Brillante… no hay mejor hombre. También muy aburrido. Nunca dice las cosas una sola vez, sino diez.

Ella bebió un sorbo de vino y lo dejó en la mesa, moviendo los hombros.

– No se reprima la risa -le advirtió él-. Ríase en alto. Él no está aquí.

– Creo que nunca he oído hablar de él de este modo -sonrió ella.

– Tonterías. Cualquiera que lo conozca diría lo mismo.

Él deseó verla sonreír, porque era como ver salir el sol. Pero ella se controló, aunque sus ojos seguían riendo. Tendría que conformarse con eso.

– De todos modos, aburrido o no, he decidido que trabajaré con él. Mañana lo veré. Es un buen abogado, dentro de su especialidad. ¿Tiene usted alguna especialidad?

– Derecho comercial y de la propiedad.

– ¿Así que es posible que haga algo de mi trabajo?

– ¿Podría repetirlo? -había ruido de fondo y Gina no lo escuchó. Se inclinó hacia adelante.

– Que es posible que haga algo de mi trabajo. ¿Cuál será?

– Soy sorda -dijo ella.

– ¡Tonterías! No puede ser.

Gina sonrió de oreja a oreja.

– Gracias. Eso es lo más bonito que me han dicho desde que… me he vuelto sorda.



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