
Él frunció el ceño.
– Pero parece haber estado escuchando normalmente. ¿Quiere decir que me ha estado leyendo los labios todo el tiempo?
– ¡Oh, no! Tengo un implante que me ayuda. Puedo oír casi todo, pero si hay ruido de fondo, a veces no oigo algunas palabras.
– Comprendo -dijo él, con pesar-. Nunca pensé…
– ¿Por qué iba a imaginarlo? Excepto en algunos casos, soy como todo el mundo.
– Sí por supuesto. Perdóneme. Solo estaba pensando…
Gina lo miró. Sabía en qué estaba pensando exactamente. Estaba acostumbrada a la gente que se echaba atrás cuando oía la palabra «sorda», que no podían soportar ni la idea.
Pero le sorprendió que le pasara con aquel hombre. Había estado tan segura de que era especial, que había confesado su problema sin preocuparse. Ahora se sentía decepcionada al pensar que se había equivocado.
Para su alivio, vio a Dan yendo deprisa hacia ella.
– Cariño, siento mucho llegar tan tarde. Ocurrió algo…
Carson se levantó rápidamente.
– Supongo que esta es su cita. No la entretendré -asintió con cortesía a Dan y se marchó.
– ¿Quién era ese? -preguntó Dan, dándole un beso en la mejilla.
– Carson Page. He golpeado a su coche.
– ¡Dios santo! ¿Ese es Carson Page, el auténtico? Querida, no debiste dejarlo marchar tan fácilmente. Es un gran hombre.
– No, no lo es. Es como todos los demás.
Al día siguiente por la tarde la recepcionista llamó para decirle que habían llevado algo para Gina. Dulcie estaba muy ocupada con la correspondencia, así que Gina salió de su despacho. Y así fue como vio llegar a Carson Page, acompañado de un niño de unos ocho años. El niño tenía una cara pálida e inteligente, y parecía nervioso.
Philip Hale llegó y saludó efusivamente a Carson, este le contestó con cortesía pero con una mesura que habría alertado a un hombre más sutil que Hale.
Era curioso, pero el niño no mostraba ningún interés ni atención en la conversación que estaban manteniendo los adultos. Como si fuera…
