
– Enseguida las traerán -le dijo a Joey.
Pero el niño frunció el ceño. No había comprendido.
– Las traerán enseguida -repitió ella lentamente y con énfasis.
Aquella vez el niño asintió, y Gina le sonrió. El niño tardó en devolverle la sonrisa, y cuando lo hizo, apenas duró.
Era como su padre, pensó ella.
Tenía la cara redonda y unas facciones muy definidas que empezaban a parecerse a las de Carson. En su rostro se reflejaba cierto carácter y el movimiento de sus cejas sugería un toque de humor. Detrás de la barrera de la sordera se estaba desarrollando una fuerte personalidad, pensó Gina.
Cuando Dulcie entró con las galletas, la cara de Joey se iluminó. Pero, antes de tocarlas, miró a su padre. A Gina le pareció que había habido algo de aprensión en su mirada, y volvió a sentir rabia.
– Le tiene miedo -lo acusó.
– Le tiene miedo a todo -dijo Carson.
– Por supuesto. Cuando eres sordo, el mundo da miedo, pero debería apoyarse en usted para superarlo. Usted es su padre. Debería interponerse entre su hijo y las cosas que lo amenazan.
– ¡No sé cómo hacerlo!-gritó, contrariado, como si le molestase admitir una debilidad.
– Podrían haberlo atropellado en la calle, pero usted no lo ha rodeado con sus brazos. En lo único que pensaba era en pedirme disculpas. Como si yo importase, al lado de él.
Gina vio por el rabillo del ojo que se estaba acercando Philip Hale.
– ¿Por qué no trae a Joey a mi oficina mientras usted se ocupa de sus negocios? -le dijo ella.
– Gracias.
– Ven. Nos llevaremos esto -tomó la bandeja con galletas y leche y salieron juntos.
Afortunadamente, Gina encontró su oficina vacía, lo que le daría tiempo de hablar con Joey y suavizar su angustia.
– Soy Gina -dijo finalmente, poniéndose donde pudiera verla-. ¿Cómo te llamas?
Ella sabía que se llamaba Joey, pero quería que se lo dijera él. Sería una forma de empezar a comunicarse.
