– ¡Aaaa!-gritó el niño.

– ¡Joey!-dijo una voz detrás del niño-. ¡Basta!

Cuando Gina alzó la vista, vio a Carson con el ceño fruncido.

– Es inútil que le grite. No le oye -dijo Gina.

– Sí. Lo sé.

Carson le hizo darse la vuelta y mirarlo. El niño volvió a gritar. Hacía un ruido impresionante, como si fuera un animal enloquecido, pero Gina se dio cuenta de que temblaba.

Ella conocía aquella frustración que solo encontraba alivio en la rabia. La expresión abrumada de Carson le trajo un montón de recuerdos, e instintivamente Gina rodeó al niño con su brazo.

– Yo soy su padre. Lo llevaré.

Gina sintió una rabia que no pudo contener.

– Si es su padre, ¿cómo lo ha dejado que saliera solo a la calle? ¿No sabe que los niños sordos son muy vulnerables en la carretera?

– No me hacen falta lecciones sobre mi hijo -contestó él.

– Yo creo que sí. Un padre como es debido protegería a su hijo.

Él la miró furioso.

– Tiene problemas -gritó ella-. No puede oír. Eso significa que necesita más amor y cuidado, no menos. Necesita a su madre.

– ¡Ya está bien!-exclamó Carson-. Usted no sabe nada. Y ahora, si quiere ayudar, ¿por qué no lo intenta traer dentro?

Gina llevó al niño hasta el edificio. Por suerte, no había nadie en la oficina de Philip Hale.

– Le agradezco el que lo haya rescatado, y las molestias que se ha tomado… -dijo Carson.

– No es ninguna molestia. Le traeré… -se interrumpió y se puso donde Joey podía verla-… galletas de chocolate con leche -terminó de decir muy claramente-. ¿Te apetece?

El niño asintió. Su expresión era beligerante aún, pero cuando ella intentó irse de la oficina, Joey le agarró la mano firmemente. Daba la impresión de sentirse a salvo finalmente, y de que no quisiera perder esa seguridad. Gina llamó a Dulcie por el teléfono interno y le pidió que llevase la comida y la bebida.



15 из 120