– Todos no podemos conducir un Rolls-Royce -dijo ella, insensible al insulto a su querido coche.

– Casi mejor. Si condujese un Rolls como conduce este… este…

– Se ha puesto en mi lugar. No me ha dejado sitio ni para abrir la puerta. No tiene derecho a aparcar así.

– En realidad no he sido yo. Lo ha aparcado mi chofer.

– Debí de haberlo supuesto.

– ¡Ya veo! Si tener un Rolls es un delito, el tener un chofer debe de ser un crimen que merece la horca, ¿verdad?

– Va todo junto, ¿no? Cualquiera que puede permitirse un chofer, no necesita pensar en los demás. ¿Por qué no le ha impedido que hiciera esto?

– Porque no estaba en el coche en ese momento. Lo acabo de ver. Y estoy de acuerdo en que no ha estado muy brillante. Pero, admitámoslo, le ha dejado sitio suficiente para dar marcha atrás, si hubiera salido en línea recta. Se supone que no necesita hacer un giro tan brusco, ¿o no se lo ha dicho nadie?

– Si me hubiera dejado el espacio que me correspondía, no lo habría golpeado, aunque hubiera hecho muchos giros bruscos.

– Maneja mal el volante -dijo el hombre irritado-. Y es una suerte que lo descubra ahora y no cuando estuviera intentando evitar un camión.

Tenía razón, por supuesto. Y eso era lo peor. Ahora le tocaría pagar una buena factura de taller.

– Entonces, ¿qué vamos a hacer? -preguntó el hombre-. ¿Darnos los datos del seguro, o prefiere un duelo de madrugada?

– No tiene gracia…

– Si lo convertimos en una pelea, yo podría decir algunas cosas acerca de su manera de maniobrar…

– ¿Podría dejar de calumniar mi coche?

– Teniendo en cuenta lo que su coche le ha hecho al mío, las calumnias son lo de menos. Los del seguro probablemente declararán a ese «pequeño conejo» siniestro total.

– Mire…

– Entonces, ¿qué le parece si acepto toda la culpa y pago sus daños y los míos?



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