
Aquello la tomó por sorpresa.
– ¿Haría… eso?
– Sí. A pesar de tener un desgraciado por chofer y un Rolls al que reprender, tengo cualidades humanas.
– Gracias -dijo ella.
Un hombre de mediana edad se había aproximado y estaba mirando la escena. Luego se dirigió a él.
– Tú me has metido en esto, Harry. ¿En qué estabas pensando para aparcar así?
– Lo siento, jefe, pero el tipo del otro lado… ahora se ha ido… Pero estaba ocupando la mitad de nuestro sitio, así que pensé que no importaría si… ¡Oh, Dios santo!-de pronto descubrió el daño.
– No importa. Lleva el… coche de esta dama al taller al que voy normalmente y diles que arreglen lo que haga falta. Luego vuelve aquí, y haces lo mismo con el Rolls.
– ¿Cómo entro? -preguntó.
– Por la parte de atrás -dijo Gina entre dientes.
El chofer entró en el coche y lo sacó con precisas maniobras, lo justo para no tocar el Rolls. El hombre miró a Gina como queriendo subrayarle que lo había hecho sin provocar daño alguno, pero se quedó en silencio.
– Lo siento -dijo ella.
– No es su día, ¿verdad? ¿Dónde podemos sentarnos y tomar nota cómodamente?
– Hay un café por allí.
Él parecía fuera de lugar en el Café de Bob, un antro grasoso que hacía comida para gente con poco dinero y tiempo. Debía de medir un metro ochenta y pico, por lo menos. Tenía piernas largas, hombros anchos y un aire de autoridad. Su traje era de Savile Row, como correspondía a un hombre con un Rolls.
Ella se miró la ropa. Su traje gris era adecuado para su trabajo, pero había sido el más barato de la tienda. Intentaba ponérselo con diferentes chales, bufandas y bisutería, para disimular y que pareciera que variaba. Pero aquel hombre debía de codearse con gente que llevase alta costura.
Ella intentaba pensar que él era el villano de la historia, pero era difícil, porque había ofrecido pagar el arreglo.
Era la hora del almuerzo, y el lugar se estaba llenando, pero él encontró una mesa frente a una ventana. Era el tipo de hombre, pensó Gina, que siempre podría encontrar una mesa frente a una ventana.
