Nebe me alargó la petaca y me lancé sobre ella como un bebé sobre el pecho de su madre. Era menos atractiva, pero casi igual de reconfortante.

– En tu carta de amor mencionabas que tenías cierta información sobre un antiguo caso. ¿O eso era solo el equivalente al perrito del pederasta?

– Hace un tiempo buscabas a una mujer. Una periodista.

– De eso hace ya bastante. Casi dos años. No la encontré. Fue uno de mis muy frecuentes fracasos. Quizá tendrías que informar a Heydrich de eso. Puede que lo convenciera para soltarme de sus garras.

– ¿Quieres la información o no?

– Vale, no hagas que me enderece la corbata para oírlo, Arthur.

– No es mucho, pero ahí va. Hace un par de meses, el propietario de la casa donde vivía tu cliente decidió volver a pintar los pisos, incluyendo el de ella.

– ¡Qué generoso por su parte!

– En el baño, detrás de una especie de panel falso, encontró todo el equipo de un toxicómano. Droga no había, pero sí todo lo que se necesita para satisfacer el hábito: agujas, jeringuillas, toda la parafernalia. Mira, el inquilino que ocupó el piso después de que tu cliente desapareciera era un sacerdote, así que no parece probable que las agujas fueran suyas, ¿verdad? Y si la dama se drogaba, eso podría explicar muchas cosas, ¿no te parece? Quiero decir que nunca se sabe qué puede hacer un drogadicto.

Moví la cabeza negando.

– Ella no era de ese tipo. Me habría dado cuenta de algo, ¿no crees?

– No necesariamente. No si estaba tratando de dejarlo. No si tenía mucho carácter. Bueno, mira, me informaron y pensé que te gustaría saberlo. Así que ahora puedes cerrar ese caso. Si tenía esa clase de secreto, a saber qué otras cosas pudo haberte ocultado.



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