
– No, no había nada más. Le eché una buena mirada a sus pezones.
Nebe sonrió, nervioso; no muy seguro de si le estaba contando un chiste verde o no.
– ¿Y estaban bien, los pezones?
– Solo tenía dos, Arthur, pero eran preciosos.
2. Lunes, 29 de agosto
Las casas de la Her bertstrasse, en cualquier otra ciudad que no fuera Berlín, habrían estado rodeadas de un par de hectáreas de césped enmarcado en seto. Pero allí llenaban cada solar dejando muy poco espacio, o ninguno, para hierba o enlosado. A algunas de ellas no las separaba de la acera más que la anchura de la verja. En cuanto a arquitectura, exhibían una mezcla de estilos, que iban desde el palladiano al neogótico o el guillermino, y había algunas que eran tan vernáculas que resultaba imposible describirlas. Juzgada en su conjunto, la Her bertstrasse era como un asamblea de viejos mariscales y grandes almirantes vestidos con sus uniformes de gala y obligados a permanecer sentados en unos taburetes de campo exageradamente pequeños e inadecuados.
La casa con aspecto de enorme tarta nupcial donde me habían convocado hubiera encajado perfectamente en una plantación de Mississippi, una impresión aumentada por la criada, negra como un caldero, que abrió la puerta. Le enseñé mi identificación y le dije que me esperaban. Miró el carné tan recelosa como si hubiera sido el mismísimo Himmler.
– Frau Lange no me dijo nada sobre usted.
– Supongo que se olvidó -dije-. Mire, hace solo media hora que me llamó al despacho.
– Está bien -dijo a regañadientes-. Será mejor que entre.
Me acompañó a una sala que se habría podido considerar elegante si no fuera por el enorme hueso para perros, solo parcialmente roído, que había en la alfombra. Miré alrededor buscando al propietario, pero no estaba a la vista.
– No toque nada -dijo el caldero negro-. Voy a avisarle que usted está aquí.
