
– Ha sido usted muy amable viniendo a verme tan rápidamente -dijo.
Hice unos cuantos ruiditos deferentes, pero ella tenía la clase de aplomo que solo se consigue viviendo en una dirección de tantas campanillas como la Her bertstrasse.
Frau Lange se sentó en una chaise longue de color verde y extendió el pelo del perro por encima de su generoso regazo como si fuera una labor de punto que fuera a seguir tejiendo mientras me explicaba cuál era su problema. Supuse que estaría cerca de los cincuenta y cinco. No es que eso importara. Cuando las mujeres superan los cincuenta su edad deja de tener interés para nadie salvo para ellas mismas. Con los hombres sucede justamente lo contrario.
Sacó una pitillera y me invitó a fumar, añadiendo como advertencia:
– Son mentolados.
Creo que fue la curiosidad lo que me hizo coger uno, pero con la primera calada se me encogió el estómago y comprendí que había olvidado por completo lo asqueroso que es el sabor a mentol. Ella se echó a reír cloqueando cuando vio mi evidente incomodidad.
– ¡Apáguelo, hombre de Dios! Tienen un sabor horrible. No sé por qué los fumo, de verdad que no lo sé. Fume uno de los suyos o no conseguiré que me preste atención.
– Gracias -dije apagándolo en un cenicero del tamaño de un tapacubos-. Me parece que será lo mejor.
– Y ya que está en ello, sírvanos una bebida. No sé a usted, pero a mí me vendría bien.
Señaló hacia un secreter Biedermeier, cuya sección superior, con sus columnas jónicas de bronce, representaba un antiguo templo griego en miniatura.
– Hay una botella de ginebra ahí dentro -dijo-. No le puedo ofrecer nada salvo zumo de lima para mezclarla. Me temo que es lo único que bebo.
Era un poco temprano para mí, pero preparé dos combinados. Me gustó que tratara de hacer que me sintiera cómodo, aunque se suponía que ésa era una de mis habilidades profesionales. Pero es que Frau Lange no estaba nerviosa en lo más mínimo.Tenía todo el aspecto de ser una dama con un buen número de habilidades profesionales propias. Le alargué la bebida y me senté en una chirriante butaca de cuero que estaba al lado de la chaise longue.
