
– ¿Es usted un hombre observador, Herr Gunther?
– Soy capaz de ver lo que está sucediendo en Alemania, si se refiere a eso.
– No me refería a eso, pero me alegra saberlo, de todos modos. No, lo que yo quería decir era si es bueno viendo cosas.
– Vamos, Frau Lange, no hay necesidad alguna de actuar como un gato que da vueltas alrededor de la leche caliente. Vaya derecha al plato y bébasela. -Esperé un segundo, observando su creciente incomodidad-. Lo diré por usted si quiere. Lo que me pregunta es si soy bueno como detective.
– Me temo que no sé casi nada de esos asuntos.
– No hay razón alguna por la que tuviera que saber algo.
– Pero si he de confiar en usted, me parece que debería saber algo de sus credenciales.
Sonreí y dije:
– Como comprenderá, el mío no es un tipo de negocio en el que pueda mostrarle el testimonio de varios clientes satisfechos. La confidencialidad es tan importante para mis clientes como en un confesionario. Quizás incluso más importante.
– Pero entonces, ¿cómo puedes saber que has contratado los servicios de alguien que es bueno en lo que hace?
– Soy muy bueno en lo que hago, Frau Lange. Mi reputación es bien conocida. Hace un par de meses incluso me hicieron una oferta por mi negocio. Y si quiere saberlo, era una oferta muy buena.
– ¿Y por qué no vendió?
– En primer lugar, la empresa no estaba en venta. Y en segundo lugar, resultaría igual de malo como empleado que como patrón. De cualquier modo, es halagador que suceda una cosa así. Claro que todo esto no viene al caso. La mayoría de personas que quieren los servicios de un investigador privado no necesitan comprar la firma. Por lo general, suelen pedir a sus abogados que le busquen a alguien. Averiguará que me recomiendan varios bufetes de abogados, incluyendo aquellos a los que no les gustan ni mi acento ni mis modales.
