Los fumadores de pipa son grandes maestros en manosear y toquetear, y una maldición tan enorme para nuestro mundo como un desembarco de misioneros cargados de sostenes en Tahití. No era culpa de Bruno, porque, a pesar de beber tanto y de sus irritantes costumbres, seguía siendo el buen detective que yo había rescatado de su olvidado destino en una remota comisaría de la Kri po en Spreewald. No, la culpa era mía: había descubierto que mi temperamento era tan incompatible para asociarme con alguien como para ser presidente del Deutsche Bank.

Pero, al mirarlo, empecé a sentirme culpable.

– ¿Te acuerdas de lo que decíamos en la guerra? Si lleva tu nombre y dirección escritos, puedes estar seguro de que te encontrará.

– Lo recuerdo -dijo, encendiendo la pipa y volviendo a su Völkischer Beobachter.

Lo miré leer extrañado.

– Tanto valdría que esperaras al pregonero como querer sacar de ahí alguna información de verdad.

– Cierto. Pero me gusta leer el periódico por la mañana, aunque sea un montón de mierda. Es una costumbre mía.

Nos quedamos callados durante un rato.

– Mira, aquí hay otro de esos anuncios: «Rolf Vogelmann, Investigador Privado. Especializado en personas desaparecidas».

– Nunca he oído hablar de él.

– Sí que has oído. Ya salía uno igual en los anuncios por palabras del viernes pasado. Te lo leí, ¿no te acuerdas? -Se sacó la pipa de la boca y me apuntó con la boquilla-. ¿Sabes?, a lo mejor tendríamos que anunciarnos, Bernie.

– ¿Por qué? Tenemos todo el trabajo que podemos hacer y más. Las cosas nunca nos habían ido mejor; así que, ¿quién necesita gastos extra? Además, es la reputación lo que cuenta en este tipo de negocio, no los centímetros de una columna en el periódico del partido. Es evidente que este Rolf Vogelmann no sabe qué coño está haciendo. Piensa en todo el trabajo que nos viene de los judíos. Ninguno de nuestros clientes lee esa clase de mierda.



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