– ¿Dice por qué?

– Asegura que tiene información sobre un antiguo caso mío. Una persona que desapareció y sigue desaparecida.

– Claro, las recuerdo a todas igual que me acuerdo de los perros con rabo; son algo muy poco corriente. ¿Vas a ir?

– Últimamente no duermo muy bien -dije encogiéndome de hombros-, así que, ¿por qué no?

– ¿Quieres decir aparte de que sea una ruina calcinada y no sea seguro meterse allí? Bueno, para empezar, podría ser una trampa. Alguien podría querer matarte.

– Entonces, a lo mejor la enviaste tú.

Se rió, incómodo.

– Tal vez debería ir contigo. Podría ocultarme, pero estar a tiro.

– ¿A tiro de bala? -Negué con la cabeza-. Si quieres matar a alguien no le pides que vaya a un sitio donde lo natural es que esté alerta.

Abrí un cajón del escritorio. A primera vista no hay mucha diferencia entre una Mauser y una Walther, pero cogí la Ma user. El ángulo de la culata, la forma general de la pistola hacen que tenga más solidez que la Wal ther, es algo más pequeña, y no le falta de nada en cuanto a capacidad para parar a alguien. Es una pistola que, igual que un cheque por una cifra sustanciosa, me daba una sensación de tranquila confianza en cuanto me la metía en el bolsillo. Blandí la Ma user en dirección a Bruno.

– Y sea quien sea el que me haya enviado la invitación a la fiesta, sabrá que llevaré mi hierro.

– ¿Y si hay más de uno?

– Coño, Bruno, tampoco hay que llamar al mal tiempo. Sé que hay riesgos, pero nuestro negocio es así. Los periodistas reciben boletines, los soldados reciben partes y los detectives reciben anónimos. Si hubiera querido recibir cartas lacradas, me habría hecho abogado.

Bruno asintió, jugueteó con el parche del ojo y luego trasladó los nervios a la pipa; esa pipa símbolo del fracaso de nuestra asociación. Detesto la parafernalia de fumar en pipa: la petaca, el retacador, la navaja y el mechero especial.



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