– No vas a necesitar eso -dijo una voz desde la planta de tribunas que había por encima de mí.

– De todas formas, la conservaré por el momento. Puede que haya ratas por aquí.

El hombre soltó una risa burlona.

– Las ratas se fueron hace mucho tiempo. -La luz de una linterna me dio en la cara-. Vamos, Gunther, sube.

– Me parece que conozco tu voz -dije, empezando a subir las escaleras.

– A mí me pasa lo mismo. A veces reconozco mi voz, solo que no me parece conocer al hombre que la usa. Eso no es nada raro, ¿verdad? Al menos en estos tiempos.

Saqué la linterna del bolsillo y la dirigí al hombre que ahora retrocedía y entraba en la sala que yo tenía enfrente.

– Es interesante saberlo. Me gustaría oírte decir una cosa así en la Prinz Al brecht Strasse.

– Así que finalmente me has reconocido -dijo riendo de nuevo.

Lo alcancé al lado de una enorme estatua de mármol del emperador Guillermo I, que se erigía en el centro de un gran vestíbulo de forma octogonal, donde mi linterna puso de relieve sus rasgos. Tenían un algo cosmopolita, aunque él hablaba con acento berlinés. Algunos dirían que parecía más que un poco judío, considerando el tamaño de su nariz. Esa nariz que dominaba el centro de la cara como la varilla de un reloj de sol y tiraba del labio superior forzando una fina sonrisa desdeñosa. Llevaba el pelo rubio, que ya encanecía, muy corto, lo cual tenía por efecto acentuar la altura de la frente. Era una cara astuta y artera, y le iba perfectamente.

– ¿Sorprendido? -dijo.

– ¿De que el jefe de la policía criminal de Berlín me haya enviado una nota anónima? No, es algo que me pasa constantemente.



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