– ¿Habrías venido si la hubiera firmado?

– Probablemente no.

– ¿Y si hubiera sugerido que vinieras a la Prinz Al brecht Strasse en lugar de aquí? Admite que sentías curiosidad.

– ¿Desde cuándo la Kri po tiene que confiar en las sugerencias para llevar a la gente a la comisaría central?

– En eso tienes razón. -Sonriendo más abiertamente, Arthur Nebe sacó una petaca del bolsillo de la chaqueta-. ¿Un trago?

– Gracias. No me vendrá mal.

Eché un buen trago al claro alcohol de cereal proporcionado amablemente por el Reichskriminaldirektor y saqué mis cigarrillos. Después de encender los de ambos sostuve la cerilla en alto durante un par de segundos.

– No es un sitio fácil de incendiar -dije-. Un hombre solo, actuando sin ayuda alguna; debió de ser un cabrón muy ágil. Incluso así, calculo que Van der Lubbe necesitaría toda la noche para conseguir que su bonito fuego de campamento ardiera.

Di una calada al cigarrillo y añadí:

– Por ahí se dice que el Gordo Hermann le echó una mano; una mano con un trozo de madera encendida, quiero decir.

– ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a decir una cosa así de nuestro amado primer ministro? -Pero Nebe se reía al decirlo-. El bueno de Hermann, mira que cargarle la culpa oficiosamente. Claro que estuvo de acuerdo con el incendio, pero no fue idea suya.

– ¿Y de quién fue, entonces?

– De Pepe el Tullido.(1) Con aquel pobre capullo de holandés le cayó el premio gordo. Van der Lubbe tuvo la mala suerte de decidirse a incendiar este sitio justo la misma noche que Goebbels y sus muchachos. Pepe pensó que era su cumpleaños, y más cuando resultó que Lubbe era comunista. Lo único que olvidó fue que si arrestas a alguien, habrá un juicio, y eso supone que tendrás que pasar por esa irritante formalidad de presentar pruebas. Y desde el principio estuvo claro para cualquiera con la cabeza en su sitio que Lubbe no podía haber actuado solo.



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