– Esa no es exactamente una opinión politicamente correcta, querida -dijo el Príncipe Stefan Marko Brancuzi cuando la agarró del brazo y la guió a través de la multitud de paparazzis que estaban colocados en el interior del vestíbulo del Ciudad de Nueva York- Costa Vasca para fotografiar a las celebridades que como ellos salían de la fiesta de dentro.

Stefan Brancuzi era el único monarca de un principado diminuto, Balkan, que estaba reemplazando rápidamente a Mónaco como el nuevo paraíso fiscal para la gente que evitaba pagar los elevados impuestos de sus paises de origen. Pero no era en él en quién los fotógrafos estaban interesados.

Era en la hermosa inglesa que iba a su lado la que había atraído su atención, junto con la atención del público americano.

Cuando Stefan la llevó hacia la limusina que esperaba, Francesca levantó la mano enguantada en un gesto inútil que no hizo nada de nada para parar la lluvia de preguntas que se lanzaron sobre ella…las preguntas acerca de su trabajo, su relación con Stefan, y preguntas acerca de su amistad con la estrella de la serie de la televisión de éxito, "China Colt."

Stefan y ella finalmente se sentaron en los asientos de cuero y la limusina echó a andar en el tráfico nocturno de la calle Cincuenta y Cinco este, ella gimió.

– Este circo de medios de comunicación ha sucedido a causa de este abrigo. La prensa casi nunca te molesta. Es a mí. Si hubiera llevado mi viejo impermeable, hubiéramos salido sin ningún alboroto.

Stefan la miró con diversión. Ella frunció el entrecejo de manera reprobatoria.

– Hay una lección moral importante de ser aprendida aquí, Stefan.

– ¿Cual lección, querida?

– Ante el hambre en el mundo, las mujeres que llevan martas cibelinas merecen lo que les pasa.

El se rió.

– Te habrían reconocido no importa lo que hubieras llevado. Te he visto parar el tráfico con un chandal sudado.



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