Ella entonces arregló su aspecto y saludó a sus visitantes-entre ellos una estrella cinematográfica francesa, el secretario de la oficina matriz inglesa, y de Salvador Dalí-contándoles la terrible tragedia que se había perpetrado contra ella. Los visitantes, muy acostumbrados a la hermosa y dramática Chloe, la tomaban de la mano y prometían investigar el asunto.

Dalí, en una muestra de su magnanimidad, anunció que pintaría una versión surrealista del bebé en cuestión, como un obsequio de bautizo, pero perdió el interés misteriosamente en el proyecto y terminó mandando un conjunto de copas de vermeil en su lugar.

Pasó una semana. El día que debía salir del hospital, las hermanas ayudaron a vestirse a Chloe con un vestido negro suelto de Balmain con puños y un cuello ancho de organdí.

Después, la pusieron en un silla de ruedas y depositaron al bebé rechazado en sus brazos. El tiempo que había pasado había hecho poco para mejorar la apariencia del bebé, pero en el momento que ella miró hacia abajo al bulto entre sus brazos, Chloe experimentó uno de sus cambios relámpago de humor.

Mirando a la cara moteada, anunció a todos que la tercera generación de la belleza de Serritella estaba asegurada. Nadie fue capaz de contradecirla, porque, como unos meses más tarde se demostró, Chloe había estado en lo cierto.


* * *

La sensibilidad de Chloe en la importancia de la belleza femenina tuvo sus raíces en su propia niñez. De niña había sido rellenita, con una doblez extra de grasa en la cintura y pequeñas almohadillas carnosas que oscurecían los huesos delicados de su cara.

No estaba suficientemente gorda para ser considerada obesa a los ojos del mundo, pero era suficientemente rellenita para sentirse fea, especialmente con respecto a su madre suave y elegante, la gran couturiere italiana, Nita Serritella. No fue hasta 1947, ese verano cuando Chloe tenía doce años, cuando le dijeron por primera vez que era hermosa.



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