
Sueña con su bicicleta amarilla, regalo de sus doce años. Sueña con la velocidad de ese amarillo brillante, cuando era la bicicleta más bonita del barrio, la mejor. Cuando gracias a ella consiguió que su vecino, ese chiquillo de ojos alertas, le dirigiera la palabra y la tomara en cuenta. Primero le prestó la bicicleta, luego lo invitó a su casa a escuchar el programa Fono Club en la radio a las cinco de la tarde, Paul Anka y Neil Sedaka, y Sofía miraba la hora y se las arreglaba para estar delante de su mesa de trabajo a las siete y allí la encontraba su madre, ya con los soquetes vueltos a poner y las medias nylon escondidas en el cajón. Su madre entraba con el uniforme blanco siempre colgando bajo el brazo, siempre un poco cansada y siempre confiando en que todo lo que Sofía hiciera estaba bien. Entonces Sofía sueña con los primeros besos del muchacho de los ojos alertas y en las baldosas rojas del suelo del pasaje que enfrentaba cada uno desde la puerta de su propia casa cada mañana, y en cómo esas baldosas no ayudaron a amortiguar los pasos cuando se pasaron a escondidas uno a la casa del otro. Y todo gracias a la bicicleta amarilla.
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De la noche a la mañana me he transformado en el gran estorbo. No saben qué hacer conmigo, cómo tratarme, cómo hablarme. Cuando la angustia respira como una criatura viva, nadie quiere oírla. Eso sí, pasé a ser miel sobre hojuelas para los ociosos y para los espíritus caritativos, los que aman la caridad per se. Los síntomas físicos -¿o los aparentes debiera decir?- han desaparecido. Ya mi labio superior, sin su asquerosa curva, ha vuelto a su lugar. La kinesióloga ha rehabilitado mi mano y mi pierna derecha que nunca tuvieron nada, apenas una confusión en sus movimientos. Mantienen cierta debilidad, nada importante. Entonces, la familia en pleno contrató, como afirman ellos, al mejor fonoaudiólogo del país.
Mi tarea de ahora en adelante es aprender a hablar. Volver a aprender. Y quizás a leer y a escribir, pero sobre eso hay menos ilusiones.
