Aunque en mi interior comienza a engendrarse una violencia totalmente desconocida para mí, cumplo con sencillez los actos ordinarios de cada día. Me levanto sola, lo hago tarde, por nada quisiera que me cundiera el día, ambición tan recurrente en otros tiempos. Me baño y me visto sin ayuda alguna. Me siento en el sillón blanco del living con sus manchas y sus recuerdos y miro la luz. La única ilusión del día es sentir el timbre y los frenos del bus cuando Trinidad llega del jardín infantil. La abrazo largo, sólo ella me habla en el mismo modo que lo hacía antes. No le importa -o no necesita- recibir respuesta. Mi Trinidad y yo hablamos en otro lenguaje, ése del puro amor. Me paseo por la casa, por el jardín, reviso las plantas, duermo siesta -nunca tengo sueño sino a esa hora-, la noche la hacen los calmantes. Tomo diversos remedios a diversas horas. Honoria es quien sabe los horarios y me persigue con ellos. Los tomo dócilmente, no tengo idea para lo que son. Casi todo lo hago dócilmente. Me escondieron la licencia para conducir. No necesitaban, soy obediente. Bastaba con decirme que una cosa más se había terminado.

Las horas cuelgan por mis brazos y por las puertas y las ventanas.


Está la televisión, que siempre he detestado, y las visitas, que detesto aún más. Tienen una inclinación a hablarme fuerte, como si el hecho de no responder implicase sordera. Me hablan fuerte y compulsivamente, no resisten la respuesta del silencio mío. Me hablan con tonos falsamente entusiastas, como si quisieran convencerme de que la vida sigue igual. Tratan de venir acompañadas, así se les hace más llevadero. Se preguntan y se contestan entre ellas. Pero lo más repulsivo es cuando los tonos se vuelven infantiles, como si mi condición fuera la del retroceso a la infancia o directamente a la oligofrenia. Nunca toleré antes la imbecilidad del baby talk, nunca le hablé a una guagua en lenguaje supuestamente de guagua, ni siquiera a las mías, cosa que espero que en sus subconscientes agradezcan.



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