– Blanca, ¿no hay más hielo?

Me levantó el impulso de mi instinto diligente y crucé hacia la casa. Desde el living le grité a Honoria a la cocina, que trajera la hielera. Entonces, de pie al centro de esa familiar sala, sentí el hormigueo de nuevo, esta vez recorriéndome la pierna derecha. Me sujeté del borde de la mesa de pool y el paño verde sería una visión para siempre. Con los ojos fijos en la tela esperé que el hormigueo se fuera. Permaneció. Al cabo de un rato volví al jardín y caminé hacia el parrón con cierta torpeza. Sofía me miró divertida.

– No me digas que ya te curaste, ¡con tan poco!

Mi sonrisa debe haber parecido forzada. Tomé mi lugar en la silla de lona al lado de Victoria. No, no era idea mía, se me había dormido el brazo, se me había dormido la pierna y ahora mi mano también se dormía.

Llegó Honoria con el hielo. Miró hacia arriba y detectó los nubarrones.

– Se cortó el cielo -anunció. Victoria, poco rural, me miró.

– Va a empezar a llover -le aclaré.

Extraña, la mirada de Honoria se cruzó con un zumbido, como si algo estuviese traspasando en ese instante la barrera del sonido.

Llevé mi mano despierta al oído, asustada ante tal remezón. Pero nadie había escuchado nada.

– Señora, ¿se siente bien?

– Fue sólo un ruido -titubié.

– ¿De qué ruido hablas en este silencio? -preguntó Victoria sorprendida.

– Nada… quizás un trueno.

– No, no han comenzado aún los desarreglos en el cielo -insistió Honoria-. Está un poco pálida la señora.

– ¿No digo yo? -Sofía rió-. Blanca es incapaz de hacer un mínimo desbarajuste… no han sido más de dos copas…

– Y de vino blanco -acotó Victoria, con su whisky en la mano-. ¿Se han fijado lo chic que se ha puesto tomar sólo vino blanco en los aperitivos? Venga ese vaso, Blanca.



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