Alargué mi mano, y en ese instante sentí cómo se levantaba la parte superior del labio, derecho también, rígido se levantaba, subiéndoseme en una fea mueca, mezclándose en mis oídos el líquido derramando con el zumbido en el cerebro y la mitad del cuerpo dormido.

El vaso de vino se dio vuelta.

Y eso fue todo.


Si trato de recordar en orden los acontecimientos, diría que lo primero fue la voz un poco agresiva de Sofía. ¿Qué te pasa, Blanca? Articulé una respuesta, pero se atascó en la garganta. Se volcó mi silla enredada con mi cuerpo y caí al suelo. Parece que el grito fue de Victoria y el ruido de un motor calentándose, el de Sofía, simultáneos ambos -grito y motor- en mi memoria. Me subieron entre ambas a la camioneta, no se ponen aún de acuerdo si mis ojos estaban abiertos o cerrados. Sobre lo que no hay discusión es aquello del labio superior, esa horrible mueca del labio levantado, un solo pedazo de labio levantado. Pero sé que no perdí la conciencia. Nunca perdí la conciencia.


No estaba desmayada, me daba cuenta de todo, pero no podía explicarlo. En todo ese trayecto hasta Santiago, no más de una hora y media, mis cinco sentidos funcionaron. Ellas pensaron que yo estaba casi en otro mundo. En parte era cierto, pero no como ellas lo imaginaban. Me arremolinaba en sueños lejanos, en ese camino de mi niñez, en algún brazo estirado de mi madre que me sacara de aquel letargo. Iba tendida en el asiento trasero con la mano de Victoria que no soltó la mía, y con un silencio interrumpido sólo por las imprecaciones de Sofía frente a los hoyos y las piedras del camino sin pavimentar que podían herirme en su irregularidad. Yo soñaba. Incluso recordé a mi abuela gritándole a un funcionario de gobierno que había ido al campo por el día: ¡No vayan a pavimentar este camino, por favor no, que nos va a invadir la clase media! Discutieron entre ellas a qué clínica llevarme: una era mejor, pero estaba tan lejos; otra era más barata, decía Victoria. Qué mierda que Alfonso no esté, Sofía repitió esa frase varias veces durante el trayecto. Al final se decidieron por la Clínica Alemana, y cuando salió una camilla a recibirme yo me levanté por mis propios medios. Me acostaron, pero pude hacerlo: fue con mis propios pies que me levanté.



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