
– Ven, te lo mostraré -el niño me tomó de la mano-. A mi abuelo.
Me llevó a la habitación de su madre. Los dormitorios de la gente son un código básico para mí, descifrar a las personas mirando sus dormitorios era una misma cosa, pero nada alcancé a observar. Bernardo me mostraba un impreso, una especie de afiche, con la cara de un hombre. Era un adulto joven. La oscuridad de su piel, los bigotes y el pelo que nacía temprano en la frente me envolvieron antes que su mirada suave. Pero fue la frase escrita al pie de la foto, con un lápiz a pasta azul y una letra ancha y redonda, la que giró y giró más tarde sobre mí: «Y en cada lirio que tus ojos miren y en cada trino, cantaré tu nombre».
Borré de mi cabeza los versos de Oscar Castro y omití -por alguna razón no consciente- ese dato cuando en la noche le contaba a Juan Luis.
– ¡Tú estás loca, Blanca! ¿Cómo tomas esos compromisos? Además, tienes que cruzar la ciudad entera para eso.
– Ay, Juan Luis, en esta ciudad importa el tráfico, no las distancias…
Comíamos en el comedor de nuestra casa, la misma casa dónele hoy busco la luz de la mañana para mis recuerdos.
– No me gustan esos barrios, pueden ser peligrosos. ¿Sabes que a pocas cuadras comienza Lo Hermida?
– No conozco Lo Hermida.
– ¡Cómo la vas a conocer! Es un lugar espantoso, lleno de delincuentes.
– Pero este chiquillo no vive en Lo Hermida… -mi reclamo sonó débil.
– Y gratis, más encima -comenta Juan Luis mientras desmenuza su lenguado a la plancha (todo a la plancha, todo magro, ni una gota de grasa en esta casa).
– Nunca te ha importado que sea gratis mi trabajo en la parroquia.
– Es muy distinto, eso está a diez minutos de tu casa, estás con tus amigas, hacen una obra de verdadera caridad, y más encima es un trabajo conocido. Por lo menos se lucen. Piensa sólo en la bencina que gastarás este mes…
– El niño va mal. Me dio pena ver sus cuadernos…
