
– Pasé de curso. Dice el profe que este año no paso si sigo así.
– ¿Y por qué el año pasado sí y éste no? Miró distraído a su alrededor.
– No sé -había divisado un autito cerca de la cocina y se paró a recogerlo, instalándose en el suelo a jugar con él. Al cabo de un rato lo llamé.
– Te propongo que durante un mes nos juntemos tres veces por semana y estudiemos. Te enseñare a estudiar para que no sea tan aburrido. Los días que yo no venga tú harás lo que te deje indicado. Veremos cómo nos va. Más adelante podremos tener sólo una clase por semana, hasta que suban tus notas. Y no repetirás el año, ¿de acuerdo?
– Sí.
– Es bonito tu nombre, Bernardo -le sonreí al ver sus ojos tan serios.
– Me pusieron así por mi abuelo.
– ¿Está vivo?
– No sé.
– ¿Cómo? -lo miré extrañada, ésa no era respuesta.
– Desapareció.
– ¿Hace cuánto tiempo?
– Hace como quince años, dice mi mamá.
– ¿Y se fue, así… de un día para otro?
– No sé.
– Pero en todos estos años, ¿cómo no han logrado saber si vive o no? -mi voz era de incredulidad y de cierta exasperación.
– Mi mamá dice que ahora lo van a saber, con la comisión.
No entendí de qué hablaba y mi cara lo habrá demostrado, pues parecieron darse vuelta los papeles, dirigiéndose a mí como si el adulto fuese él.
– A mi abuelo lo tomaron preso…
– ¡Ah! Perdón… -entonces comprendí y un cierto escalofrío me recorrió. Puchas, pensé, por qué no me lo advirtió Sofía…
Bernardo me miraba con un dejo de desafío y algo parecido a la ternura se me deslizó por el cuerpo.
– Tú no lo conociste, entonces…
– No, sólo he visto su foto. Mi mamá y la abuelita la tienen en grande y van al centro con ella.
Cuando el temor empezó a instalarse en mí, pensando, Dios mío, dónde me he metido, recordé que había llegado la democracia y decidí ignorar el tema.
