
– Sí, existen -dijo Sofía, en un tono que no dio lugar a réplica.
– Ahora lo veremos. Ojalá que la Comisión sea objetiva y nos diga la firme -acotó Felipe.
– No tendría por qué no serlo, dadas las personas que la componen -dijo Alfonso.
Sofía me miró. Y yo me arranqué de esa mirada.
Esa noche, ya con la luz apagada, le tomé una mano a Juan Luis y le pregunté bajito.
– ¿Existen los detenidos desaparecidos?
– No sé, Blanca. He tratado de pensar todos estos años que no existían. Pero ya viste lo de Pisagua, esos cadáveres que encontraron… Lo vimos con nuestros propios ojos en la televisión. No sé qué pensar… no quisiera que todo eso fuera cierto…
– Pero no seas vago, Juan Luis. Tú siempre me das certezas.
– Cuando las tengo, Blanca, cuando las tengo.
Y me dormí.
Las clases con Bernardo avanzaron. Iba y venía de Avenida Grecia con familiaridad. El niño y yo siempre solos. Sin teléfono, nadie interrumpía, nadie llegaba. Conversábamos un rato cuando a mitad de la sesión le daba un pequeño recreo y le entregaba invariablemente un chocolate. Eran esos los momentos en que adquiría algo de información, siempre curiosa yo por la madre de este mocoso, de cómo sería, de por qué Sofía la privilegiaba en su corazón.
Y ese día fue diferente.
– ¿Por qué estás tan cansado hoy día?
– Porque me acosté tarde ayer.
– Los niños deben dormirse temprano cuando van al colegio -yo repetía automáticamente las letanías de mi madre, de su madre y de la madre de ésta.
– Es que me fui donde la abuelita. Mi mamá llegó tarde y dormí allá. Lo paso súper donde la abuela. La casa está siempre llena de gente y hay cosas ricas para comer. Además, ella tiene tele.
Y ese día por primera vez se abrió la puerta en medio de una sesión. Un «buenas tardes» de voz ronca me hizo girar de la silla.
Fue mi primer sentir: qué gracia la de esta mujer. El brillo de ese pelo, tan largo, tan crespo, tan negro, me dejó con la boca abierta.
