
– Hola, Blanca -avanzó hacia nosotros-. Este es un pésimo día para conocerte. Tantos agradecimientos pendientes, pero vengo destruida -sin más se tiró en el sillón soltando la cartera que cayó al suelo, abriendo las piernas sin sacarse el abrigo ni la bufanda. Me desconcerté y mi ser educado se levantó de inmediato y se acercó a ella. Le besé la mejilla con un leve «es un gusto, Victoria».
Bernardo corrió a abrazar a su mamá.
– ¿Qué te pasó, mami? ¿ Por qué llegas a esta hora?
– Me echaron,
– ¿Del trabajo?
– Sí. Me despidieron, si lo quieres más elegante.
– Sácate el abrigo y te haré un té -le ofreció solícito el hijo, y yo pensé, no exenta de envidia, que Jorge Ignacio nunca me ha ofrecido ni un vaso de agua, mientras yo le ofrezco a él esta tierra y la otra.
Victoria se levantó y al desenfundarse de toda esa lana, me encontré -cosa que no solía sucederme- sin repertorio. Preguntar algo podría parecer intruso. No hacerlo, indiferente. La observé. Con su vestido a la vista, el largo más arriba de las rodillas, lana verde clara muy ceñida al cuerpo y un pequeño lazo de cuero acentuando la cintura como único accesorio, me pareció tan sexy, especialmente su busto sobresaliente. Automáticamente mis manos se dirigieron a mi propia planura, como si escondiéndola estuviese a salvo de cualquier comparación.
– Ven, Blanca, siéntate a mi lado. No te diré frases educadas como «estás en tu casa» o algo por el estilo. Ya la casa parece más tuya que mía -se rió y fueron muchos los dientes que aparecieron-. Me gustó esa risa, me gustaría siempre en adelante esa risa. Me tomó una mano con calidez. Entonces me atreví a preguntar.
– ¿Qué pasó?
– Mi jefe, un viejo huevón, me asedia permanentemente. Yo no le he parado el carro, tan agradecida estaba por tener una pega. Lo acompañé en un par de tragos por un puro problema de sobrevivencia.
