
O de ese delicioso delirio de sentirse allí otra vez. Soñé que mamá me lavaba el cabello. Siempre lo hacían las nanas, pero cuando alguna rara vez sucedía, sus manos no dolían en la nuca, no, eran una caricia las manos de mamá. Me daba dos baños de champú y cuando había escurrido cuidadosamente el agua de mi pelo, me hacía un enjuague de manzanilla para que no se me fuera a oscurecer. Tú sabes, Blanca, que por alguna extraña razón en este país los pelos rubios no se conservan, todas las rubias se oscurecen al crecer, dicen que es el agua de Chile, pero esta manzanilla te ayudará a mantenerlo. Hablaba sola mientras mi cabeza metida dentro del lavatorio no me daba respiro ni podía abrir la boca para no tragar la espuma. Luego me desenredaba y me peinaba, única vez que no dolía, porque nadie tenía su suavidad. Me gusta peinar tu pelo rubio, me decía. ¿Por qué no se te oscureció a ti, si también eres chilena?, le preguntaba yo y ella se reía. Las tinturas, mi amor, las tinturas son mágicas, uno decide con ellas lo que quiere ser, desde morena rutilante, colorína loca o rubia espléndida. Y seguía peinándome y yo olía su cuerpo cercano, ese olor que me persiguió siempre. ¿Qué perfume sería? Nunca le pregunté, tenía tantas botellas diferentes en su tocador; sin embargo, el olor era siempre el mismo y yo soñaba con ese olor cerquita cuando llegaba tarde de las comidas y entraba a mi pieza a taparme y me besaba creyendo que yo dormía. (Y un día, me acuerdo, ya mayor, el olor me traicionó cuando mis hermanos me pidieron que hiciera de apoderada de lista en la última elección que hubo antes de los militares. Me tocó pasar el día entero con mujeres, todas señoras mayores que también hacían de apoderadas de sus partidos. Yo iba con claras instrucciones de odiar a las otras, pero al acercárseme una de ellas -mi potencial enemiga- reconocí el olor de mi madre. Y mis veinte años, o algo así tendría yo entonces, se diluyeron y la infancia se me instaló. Me senté a su lado y quise reposar en ella, olvidé mi postura de joven de derecha y le convidé de mi almuerzo, de mi risa, de algo de culpa a la hora de los cómputos cuando gané y de toda mi capacidad de olfato a esta señora que me deshizo con el olor de mi madre.)