No fue así.

Y como mi vida cotidiana pasó a ser largas horas, eternas horas, horas muertas frente a mí, la memoria vino a acompañarme.

Algunos confunden el lenguaje con la memoria. Si ésta hubiese también partido, claro, sería otra la soledad. Pero sucede lo inverso: nunca usé la memoria como ahora. En ausencia de otros bienes, ella se agiganta.


Y la memoria juguetea conmigo, me lleva lejos, muy lejos o me remite al ayer inmediato. Cuando hablo del ayer, hablo de entonces, cuando aún no estaba presa en la vida, cuando aún no me sumergía en esta blanca mutilación.


Ese último sábado en el campo, esa mañana, nos tendimos las tres al sol. El pasto -un poco fresco por el rocío de las primeras horas- nos obligó a sacar los chales de la abuela, todos escoceses con sus flecos ajados, y los parlantes con su sonido amplificado hacia el jardín eran la imagen exacta del bienestar. Libres y compañeras, cualquier duda la despejaba ese aire diáfano. Yo no pensaba: soy la más tonta, Sofía me mira en menos, Victoria no perdona mi frivolidad, no, ninguna inseguridad que no cubriera el afecto. Las miré contenta, por última vez como ser vivo -pero por cierto eso yo aún no lo sabía- y amé esas matas enormes de pelo tan negro de Victoria confundiéndose entre el pasto y el escocés, y la calidez del castaño de Sofía. Cómplices. Sofía, la pieza clave que rompía la asimetría entre Victoria y yo, limándola. Ella siempre nexo, todo nexo de todo con todos.

– ¡Qué placer! -suspiró, luego me miró recelosa-. Dime, Blanca, a pesar de todo lo que te ha pasado, ¿podrías negar lo bueno de este momento?

– No, no lo niego.

– Tampoco yo -dijo Victoria- y putas que me han pasado cosas a mí.

Y cuando la música llegó con esas danzas húngaras del Renacimiento tardío, las tres cerramos los ojos.


Yo soñaba que todas soñábamos.

En esas danzas húngaras había algo de niñez.



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