
– Gracias, pero ahora que se ha despertado, será mejor que esté conmigo -contestó-. ¿Puedo dejar el cochecito del bebé aquí?
– Claro -dijo la secretaria y bajando la voz, le advirtió-: Hoy no está de buen humor.
– Quizá se anime cuando descubra que yo soy la respuesta a sus oraciones -bromeó Martha. La secretaria le devolvió una fría sonrisa.
– ¡Buena suerte!
Tras la puerta cerrada, Lewis revolvía los papeles de su mesa mientras esperaba a Martha, malhumorado. Había tenido un día horrible. Savannah se había presentado muy temprano en su casa en un estado lamentable, perseguida por numerosos reporteros deseosos de conocer todos los detalles del último episodio de su larga y tormentosa relación con Van Valerian.
Más tarde, tras conseguir tranquilizar a su hermana, había tenido que atravesar la nube de paparazzi que se encontraba apostada a la puerta de su casa. Había tardado más de lo habitual en llegar al trabajo debido al intenso tráfico y no habían parado de surgir problemas, uno tras otro, que había tenido que resolver con urgencia. Para acabar de arreglar las cosas, la niñera había aparecido a mediodía diciendo que su madre había sido ingresada en un hospital, dejando a Viola a su cargo hasta la noche.
«Al menos Viola se está portando bien», pensó Lewis, y miró hacia el rincón donde dormía plácidamente en su cochecito.
Tenía que aprovechar al máximo lo que quedaba de día. Le hubiera gustado no tener que recibir a Martha Shaw, pero Gilí había insistido tanto en que su amiga era la persona perfecta para cuidar a Viola, que no había tenido otra opción que acceder.
Pero Lewis no estaba tan seguro. Gilí era una amiga de Savannah y trabajaba en una prestigiosa revista. No podía imaginársela amiga de una niñera, y menos aún de la niñera tranquila, sensible y seria que él necesitaba.
