La puerta se abrió.

– Martha Shaw -anunció su secretaria, y dejó paso a una mujer estilosa, precisamente del tipo que menos deseaba ver en aquel momento.

«Tenía que haberlo sospechado», pensó con amargura al ver lo atractiva que era. Tenía una bonita melena morena y una amplia sonrisa, pero era demasiado delgada. Se la veía frágil, como si se fuera a romper en dos, y a Lewis eso no le gustaba.

No parecía una niñera seria y sosegada. Martha Shaw transmitía nerviosismo. Estaba tensa y sus grandes ojos marrones se veían cansados. Además, no venía sola.

– ¿Eso es un bebé? -dijo Lewis sin ni tan siquiera molestarse en saludar.

Martha observó como miraba a Noah, que no dejaba de chuparse el dedo mientras con sus grandes ojos azules curioseaba a su alrededor. Estaba claro que no se le escapaba un detalle a Lewis Mansfield, pero sus modales dejaban mucho que desear.

– Eso parece -contestó divertida.

– ¿Qué está haciendo aquí?

Su alegría se topó con el gesto malhumorado de Lewis. No sólo era un maleducado, sino que además carecía de sentido del humor. Sintió que el corazón se le encogía. Aquel no era un buen comienzo para la entrevista.

– Este es Noah -dijo con su mejor sonrisa, en un intento de suavizar las cosas.

No recibió respuesta. Lewis Mansfield era la seriedad personificada. Era alto y fuerte, con un rostro serio y anguloso y unos ojos reservados. Era difícil creer que tuviera algo que ver con la glamurosa Savannah Mansfield, toda una celebridad famosa por su estilo de vida y su inestable forma de ser.

Gilí la tenía que haber informado mejor. Le había comentado que, aunque Lewis podía parecer grosero, en el fondo era encantador.

– Seguro que os llevaréis muy bien -le había dicho.

Por el modo en que la miraba, Martha lo dudó. Se entretuvo estudiando el rostro de Lewis a la espera de que se disculpara por la larga espera o al menos que la invitara a sentarse. Tenía unas cejas muy oscuras y espesas que casi se unían sobre su nariz, lo que le daba un aspecto de enfado permanente. Buscó alguna señal de simpatía en sus ojos o en su boca, pero no tuvo suerte. Estaba enfadado y malhumorado. ¿Aquel hombre encantador? Desde luego que no.



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