Cerró el botiquín y el espejo le devolvió la imagen de un rostro que le resultó lejanamente familiar y a la vez inconfundible: el diablo, se dijo, y apoyó las manos sobre el lavabo. Rafael Morín Rodríguez, pensó entonces, y también recordó que para pensar necesitaba una taza grande de café y un cigarro que no tenía, y decidió expiar todas sus culpas conocidas bajo la frialdad punzante de la ducha.

– Me cago en la mierda, qué desastre -se dijo cuando se sentó en la cama a embadurnarse la frente con aquella pomada china, cálida y salvadora, que siempre lo ayudaba a vivir.

El Conde miró con una nostalgia que ya le resultaba demasiado conocida la Calzada del barrio, los latones de basura en erupción, los papeles de las pizzas de urgencia arrastrados por el viento, el solar donde había aprendido a jugar pelota convertido en depósito de lo inservible que generaba el taller de mecánica de la esquina. ¿Dónde se aprende ahora a jugar pelota? Encontró la mañana hermosa y tibia que había presentido y era agradable caminar con el sabor del café flotando todavía en la boca, pero vio el perro muerto, con la cabeza aplastada por el auto, que se pudría junto al conten y pensó que él siempre veía lo peor, incluso en una mañana como aquélla. Lamentó el destino de aquellos animales sin suerte que le dolían como una injusticia que él mismo no procuraba remediar. Hacía demasiado tiempo que no tenía un perro, desde la agónica y larga vejez deRobín, y cumplía su promesa de no volver a encariñarse con un animal, hasta que se decidió por la silenciosa compañía de un pez peleador, insistía en llamarlos Rufino, era el nombre de su abuelo criador de gallos de lidia, peces sin manías ni personalidad definida, que a cada muerte podía sustituir por uno similar, otra vez llamado Rufino y confinado en la misma pecera donde pasearía orgulloso el azul impreciso de sus aletas de animal de combate. Hubiera deseado que sus mujeres pasaran tan levemente como aquellos peces sin historia, pero las mujeres y los perros eran terriblemente distintos a los peces, incluso los de pelea, y para colmos con las mujeres no podía hacer las promesas abstencionistas que mantenía con los perros. Al final, lo presentía, iba a terminar militando en una sociedad protectora de animales callejeros y hombres fatales con las mujeres.



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