Se puso los espejuelos oscuros y caminó hacia la parada de la guagua pensando que el aspecto del barrio debía de ser como el suyo: una especie de paisaje después de una batalla casi devastadora, y sintió que algo se resentía en su memoria más afectiva. La realidad visible de la Calzada contrastaba demasiado con la imagen almibarada del recuerdo de aquella misma calle, una imagen que había llegado a preguntarse si en verdad era real, si la heredaba de la nostalgia histórica de los cuentos de su abuelo o simplemente la había inventado para tranquilizar al pasado. No hay que pasarse la cabrona vida pensando, se dijo y notó que el suave calor de la mañana ayudaba a los calmantes en su misión de devolverle peso, estabilidad y algunas funciones primarias a lo que había dentro de su cabeza, mientras se prometía no repetir aquellos excesos etílicos. Todavía los ojos le ardían de sueño cuando compró la cajetilla de cigarros y sintió que el humo complementaba el sabor del café y era otra vez un ser en condiciones de pensar, incluso de recordar. Lamentó entonces haberse dicho que quería morirse y para demostrarlo corrió para alcanzar la inconcebible guagua, casi vacía, que le hizo sospechar que el año comenzaba siendo absurdo y lo absurdo no siempre tenía la bondad de presentarse bajo el disfraz de una guagua vacía a aquellas horas de la mañana.

Era la una y veinte pero ya todos estaban allí, seguro no faltaba ni uno. Se habían dividido en grupos, y eso que eran como doscientos, y por el aspecto se podían reconocer: debajo de las majaguas, contra la reja, estaban los del Varona, dueños hacía tiempo de aquel rincón privilegiado, el de mejor sombra. Para ellos el Pre no consistía más que en cruzar la calle que los separaba de su escuela secundaria y ya: hablaban alto, se reían, oían altísimo a Elton John en un radio portátil Meridian que cogía perfecto la WQAM, from Miami, Florida, y tenían con ellos a las pepillas más lindas de aquella tarde. Sin discusión.



7 из 210